Metempsicosis

"Vuelvo al alma que viaja durante el sueño y puede ver cosas del futuro, ya que se libera del cuerpo que es lo que en el hombre lo encadena en la prisión del espacio y del tiempo. Las pesadillas son las visiones de nuestro infierno. Y lo que todos logramos en el sueño, los místicos y los poetas lo alcanzan mediante el extásis y la meditación (...)
(...) No siempre las visiones son tan nítidas, y casi con frecuencia siempre participan del modo enigmático y ambiguo de los sueños. En parte por la índole oscura de esos territorios del espanto, que tal vez el alma entrevé como a través de una bruma, por su imperfecta desencarnación porque no ha logrado desprenderse del todo del peso de su carne y de sus ataduras del encarnizado presente; en parte porque el hombre no parece capaz de soportar las crueldades infernales, y en nuestro instino de vida, los instintos del cuerpo, que a pesar de todo sostiene con todas sus fuerzas a esa alma asomada a los abismos, nos preserva con máscaras y símbolos de sus monstruos y suplicios".
Fragmento de Abaddón, El exterminador - Ernesto Sabato

Tengo una pesadilla. Mis ojos obnubilados apenas distinguen tenues figuras de colores que se arrastran en una oscuridad llena, interminable. Mi cuerpo, estupefacta mi conciencia, es dueño de sí allí donde solo contemplo cada movimiento, cada acto.
Hace frío. El viento sopla sin obstáculos, haciendome tiritar, mas no me devuelve del sueño...
Las manos toman la masa, una suerte de martillo de un herrero gigante. El mango es un tubo helado que quema mis dedos, los entumece mientras lenta y pesadamente intento elevarlo en forma recta por encima de mi cabeza, como si fuese un leñador... pesa, más que cualquier otra cosa que haya intentado levantar.
A los pies una figura parece retorcerse, envuelta en una especie de bolsa de extremos amarrados por sendos cordones, o eso imagino en medio de la confusión de mis ojos. Marrón o café en la noche, con movimientos inconexos y aodrmecidos, se muestra como un animal de rara forma. Sin emitir sonido alguno, al menos uno que pudiera yo escuchar, parece aferrarse a sí mismo en su interior, como abrazando su alma.
No se porqué, pero mis brazos bajan violentamente la masa sobre aquella figura y un estruendoso crujido crepita en todo el silencio. Siento ira en mis brazos, en mis manos orgullosas de su fuerza que inmediatamente repiten el acto. La figura aun se mueve de manera extraña separandosé y, a la vez, conteniendosé como en un desdoble que intenta alejarse y cubrirse simultaneamente.
El crujido otra vez, violento, torturador. Creo distinguir en los sucesivos golpes una cabeza, no estoy seguro de nada, excepto de la manta que envuelve un ser antes vivo. Siento huesos romperse, sangre brotar encerrada en aquella imaginada bolsa atada con cordones, el frío hacerse más intenso.
Golpeo, deshago, destruyo con una violencia de la que nunca me creí capaz. Feroz, sigo bajando y subiendo la masa entregado al cometido que juzgo simple: en esta noche, en este momento, debo hacer crujir esos huesos de la manera más rápida y horrorosa que pude concebir, o que alguien más concibió y yo acaté.
La figura ya no se mueve. Mis músculos acalorados se detienen y la oscuridad se va desvaneciendo, dando paso a colores y formas más definidas. Veo una ruta no muy lejos, un descampado con espinillos y otros arbustos rodeados por la noche... y estrellas, muchas estrellas brillando frenéticamente, desconsoladas...
Alguien me habla:
- Terminé con esos hijos de puta. Ya los guardé... -
Lo miro extrañado, sin reconocerlo. El me pregunta luego de unos segundos:
- ¿Vos? ¿Hiciste mierda a los pibitos?
Contesto que sí. El otro continua:
- ¡Bueno, dalé! ¡Vamos a cobrar! -

Me despierto, fijando los ojos en la imagen del televisor, con las retinas sorprendidas por la luz. De inmediato pienso: Esto es lo que somos...

Una aguja en un pajar



Needle in the hay de Elliot Smith / Fragmento de la película The Royal Tenenbaums de Wes Anderson